Viene un nuevo gobierno no dentro de mucho y sería bueno discutir y aprovechar el momento de cambio para tomar conciencia de la importancia y el rol del empleador en una sociedad, más en una como la nuestra en la que con discursos de reivindicación y derechos para el trabajador, se suele poner en un rol muy secundario y hasta de abusador, corrupto o ladrón al empleador. Tomo esta nota como punto de partida:

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Durante décadas, la sociedad argentina no tuvo en cuenta el rol fundamental de los que dan empleo para lograr una genuina y sustentable elevación de los salarios y tender a la inversión y el desarrollo

....hay un proceso que la sociedad debe asimilar para que cualquier programa pueda tener éxito: la reivindicación del empleador.

La sociedad argentina está imbuida de una fe religiosa en los derechos y beneficios que corresponden a la gran masa de asalariados, pero se soslaya la contribución de los empleadores: no se tiene en cuenta el papel fundamental que cumplen para el equilibrio y el bienestar de la sociedad. Si no hay empleadores, no hay empleos. Descartamos para estas reflexiones el uso del término "empresario", ya que está estigmatizado de tal forma que su rescate resulta una causa perdida.

Del mismo modo, si bien el papel del "emprendedor" implica un aporte decisivo en cuanto generador de nuevo empleo, no se debe menospreciar la contribución de todos aquellos que bregan por conservar y mantener a sus trabajadores. Por tanto, que la política y las decisiones tengan en cuenta también a los empleadores, algo que el país no ha hecho en muchas décadas, puede ser el enfoque diferente que nos conduzca al tan anhelado proceso de desarrollo.

Consistiría en analizar las problemáticas desde otra perspectiva: la del impacto de las medidas en los empleadores, y buscando que ellas los estimulen a aumentar sus plantillas. El objetivo final de este enfoque es promover el empleo, en la convicción de que éste es el camino a la elevación social y a la dignidad de las personas.

Sólo en un contexto que combine un buen nivel de empleo con inversión puede darse una genuina y sustentable elevación de los salarios. No existe otra alternativa.
Esto no significa ir contra los derechos de los trabajadores. Admitiendo que es normal que haya empresas que nazcan y otras que cierran sus puertas, esos derechos deben estar en armonía con la sustentabilidad de los negocios en general.

Mas allá de las retóricas oficiales que minimizan la proliferación y el agravamiento del mal de la pobreza, el desgarrador paisaje de los nuevos asentamientos en condiciones de extrema vulnerabilidad que se han entronizado en el escenario cotidiano de los argentinos en la última década nos confirma que los modelos cuyo único objetivo consiste en congraciarse con los asalariados y los consumidores -y los votantes a la vez-, sin contemplar a los empleadores, no solucionan los problemas de fondo del país.

Si cuando creyendo que se apostaba por el mercado se pensó que la solución vendría por el "derrame" y ese derrame nunca llegó a las bases de la pirámide social, tampoco se atiende a ellas a través de estrategias que someten todas las decisiones al estímulo del gasto y del consumo. Se ha logrado sí aumentar el consumo a niveles nunca conocidos por la sociedad argentina, debe reconocerse, pero ese consumo no modificó las condiciones de precariedad de aquellos sectores ni condujo al país al tan ansiado desarrollo económico. Por el contrario, esas políticas han alejado al país de ese destino. Se desperdició la mejor oportunidad histórica para entrar en ese proceso. Hubo consumo pero no desarrollo. Y hoy tenemos consumo decreciente en un contexto de estancamiento estructural.

Dadas la geografía y la estructura geopolítica y productiva del país, las medidas esperadas mencionadas al inicio deberán ser cuidadosamente selectivas.

La Argentina es prisionera de un dilema que sólo se podrá sortear con pragmatismo y selectividad. No resolverá los problemas una estrategia simplista y unívoca para todos sus sistemas productivos.

A diferencia de países como Australia, Sudáfrica o Nueva Zelanda, competidores naturales de la Argentina en la producción de materias primas, o de Chile o Perú en el caso de la minería, esas actividades en nuestro país se encuentran localizadas en zonas más alejadas de los puertos de exportación. Y si además nuestra infraestructura es insuficiente y obsoleta por haberse destinado todos los recursos al consumo en detrimento de la inversión, de ese modo se sacrifica a los empleadores del interior. La desocupación del interior deviene en empleo público provincial o asistencialismo a nivel nacional. Ese proceso requiere cada vez más recursos fiscales -o sea, más impuestos que ahogan aún más a la producción- y genera dependencia política de los desempleados con los dadores de los beneficios públicos.

La nueva política económica deberá encarrilar los factores macroeconómicos que propicien la inversión y hagan posible la concreción de los megaproyectos pendientes en energía, minería, infraestructura, que tendrán un gran impacto en la economía y la sociedad. También deberá considerar a las economías regionales, tan fundamentales para el desarrollo integral y para un proyecto común de nación.

La realización de esos grandes proyectos implicará un gran éxito para el país. En consecuencia, habrá una explosiva afluencia de divisas que revalorizarán el peso argentino.
La difícil misión consiste en conciliar los voluminosos recursos fiscales necesarios para sostener el sistema de asistencialismo instaurado -con las pretensiones de consumo de sindicatos y del conurbano bonaerense (o sea, de los votos)- con las economías regionales (tipo de cambio competitivo) y con la solidez macroeconómica que necesitan los grandes proyectos.
¿Qué son las economías regionales?
Son la suma de los empleadores del interior del país, que hacen posible, junto con la industria y los servicios, que cada fin de mes un argentino reciba una paga que le permita vivir y sostener y educar a su familia.

En este contexto, el empleador es el centro de cualquier proceso económico. Sin embargo, no sólo ha sido ignorado y marginado de las decisiones, sino que es esquilmado por recetas fiscalistas decididas muchas veces por funcionarios que no tienen idea de lo que implica cada fin de mes atender la paga a una nómina de personal con recursos propios. Hay que ponerse en los zapatos de cualquier pyme para comprender lo que esto significa.

Ante estos desafíos, es imprescindible que la sociedad tome conciencia del rol del empleador en favor de sus propios intereses. Debe aceptar -y la clase política ayudar en ese sentido- que su interés depende de una actitud positiva y expansiva de los empleadores. No habrá soluciones en la Argentina sin una acción mancomunada de sus empleadores, la clase política y el conjunto de la sociedad.

Si los empleadores no invierten y no amplían sus empresas o crean nuevos negocios, estaremos condenados al estancamiento. Si prevalece la actual creencia colectiva de que el éxito de los empleadores se construye a costa del rezago de trabajadores y consumidores, la clase política verá menguada su capacidad de implementar medidas que contemplen el punto de vista del empleador, afianzándose de ese modo el perverso statu quo en que estamos inmersos.

El país ha castigado a los empleadores con dos largos y traicioneros procesos que, a pesar de sus diferentes discursos y apoyaturas ideológicas, se caracterizaron por marcadas similitudes. Ambos comenzaron presentándoles un promisorio panorama (tanto el de los años 90 como el de la década siguiente) para inducirlos a invertir y a abastecer de bienes a la sociedad, para luego, de forma gradual, asfixiarlos económica y financieramente en aras de complacer demagógicamente a los consumidores, encargados a su vez de renovar electoralmente los mandatos a las dadivosas autoridades.

Ambos se iniciaron con ecuaciones cambiarias y condiciones de estabilidad que propiciaron la actividad de los empleadores, para irlas mudando a otras totalmente desfavorables, generosas con el gasto y el despilfarro social, que dejaron a los inversores -otra forma de ver a los empleadores- con sus patrimonios atrapados en actividades de nula rentabilidad.

Desde una perspectiva políticamente perversa, el proceso es entendible: los asalariados y los consumidores son infinitamente más influyentes electoralmente que el colectivo de los empleadores. Ésta es la lógica a revertir en beneficio de la sociedad argentina en su conjunto, incluidos asalariados y consumidores.
Yo, más allá de mi realidad, puedo ver y entender que ser empleador en este país es una misión de aventurero kamikaze (dejo afuera a todos los entongados, corruptos y amigachos de poder). Un tipo que quiere invertir, montar un negocio y emplear gente en este país la pasa mal, arranca con todas las desventajas imaginables: los derechos todos los aceptamos, entendemos y defendemos a capa y espada, pero no pasa lo mismo con las obligaciones. El estado te saquea con impuestos y cargas por dar empleo, hay una industria del juicio instalada, el empresario es tildado como enemigo permanentemente y se estigmatiza el ganar dinero (salvo cuando uno es un corrupto, ahi es un maestro) ... No se, me parece que es hora de empezar a entender el verdadero rol del empleador (empresario de cualquier tamaño que se trate), valorarlo y ayudarlo, tal y como se hace con los empleados porque uno no existe sin el otro ... es necesario que ambos le vaya bien