La chica de la ferretería

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  1. #1
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    La chica de la ferretería

    Parte I
    Parte II
    Parte III
    Parte IV
    Parte V
    Parte VI a b
    Parte VII

    -----
    Parte I

    Dejemos de lado el pensamiento abstracto y casi precognitivo para sumergirnos por unos minutos en el infame pero curioso mundo de la investigación sociológica.

    Hoy voy a demostrarles como en veinte minutos y con un presupuesto inferior a los $10 pueden experimentarse todas las sensaciones de un viaje con dos semanas de estadía en la costa; obviamente, con un presupuesto mucho mayor.

    Cualquier persona con un poco de curiosidad por el funcionamiento de las cosas y una flamante conexión a Internet mediante cablemódem se preguntaría: ¿puedo sacarle más provecho a mi abono mensual? Visto que este tipo de conexiones se realiza utilizando el mismo tendido de la TV paga, uno instantáneamente comienza a experimentar si puede gozar de los casi setenta canales en forma 'gratuita'. La respuesta es sí. Totalmente ilegal, pero técnicamente se puede.***

    Por cuestiones obvias, no voy a detallar el procedimiento teórico. Además, no viene al caso.

    La necesidad de 'experimentar' era cada vez mayor, por lo que, una vez listados los materiales necesarios para comprobar mi hipótesis, me dirigí a... La Ferretería. Lugar de misterios. Cuando uno entra a una ferretería lo primero que se pregunta es la edad del ferretero. Seres casi inmortales que pueden memorizar marca, modelo, longitud y uso de clavos, tornillos, tubos, cables, etc. No hay técnica de 'reparación casera' que un ferretero no conozca. A veces sospecho que existe una Escuela Secreto de Ferreteros donde son entrenados desde pequeños en el sutil y refinado arte de servir en una ferretería.

    Ya en el local, me apresuré a obtener mi número (lo que significó varios momentos de riña y miradas asesinas con una vieja que, luego me enteré, buscaba cueritos para canillas). Tres personas estaban antes que yo. Atendían el ferretero y su joven discípulo, su hijo.

    El primer cliente fue rápidamente despachado por el joven aprendiz luego de varios metros de caño de PVC de 5". Solo bastaba con que uno de los dos empleados concluyera con su respectivo cliente para que se me atendiera. Pero la espera fue eterna. El Maestro Ferretero intentaba explicarle a un confundido pelado las dosis justas de cloro para mantener una pileta, pero visto que el calvo señor ignoraba las dimensiones de la misma, discutieron un rato hasta llegar a un acuerdo 'pacífico'. El hijo del ferretero se veía atacado por un señor que practicamente requería todos los tipos de clavos y tornillos inventados por el hombre, lo cual significó varios viajes al depósito por parte del muchacho, trayendo muestras que inmediatamente resultaba rechazadas.

    Casi enojado por la espera (analogía de las largas colas que se forman en la ruta, o los peajes, o para comprar un plato de ñoquis en el restaurante de moda), opté por irme y volver 'otro día'. Entonces le vi. Una cabeza rubia cruzó la puerta de la ferretería, acompañando a una figura soberbia. El Maestro Ferretero vió la llegada de refuerzos y, escapando de las preguntas del pelado por un instante, grito: 'Hija, ayudame a atender'. Ella se acercó al pinche con los números, y lo dijo. '31'. Nunca voy a olvidar esa cifra (analogía con ganar en el casino, y el/la chico/a bonito/a que siempre nos deslumbra).

    Sintiéndome la persona más afortunada del Universo, me acerqué para realizar mi pedido. 'Hola, ¿qué andás buscando?', me dijo. 'Hola, preciso un splitter para señal de TV, que maneje las frecuencias más altas posibles y tenga poca pérdida'. Con maestría, ella se dirigió a los estantes y volvió, en cuestión de segundos, con lo que había pedido. '¿Te sirve este?'. 'Si'. '¿Buscabas algo más?'. 'Si, por favor, mostrame qué modelos tenés para fichas de pin fino que tenés para cable coaxil'. 'Ahora te las traigo'.

    Y volvió con un cajón, lleno de divisores, con toda la variedad de fichas para cable coaxil que un hombre pueda imaginar. Luego de inspeccionar un rato, me decidí por un casillero y, atrevido, quise tomar una, pero al mismo tiempo ella dijo: 'Esta es la que más llevan, fijate que...' y colocó su mano donde yo. Nuestras pieles se rozaron, y a modo de reflejo nos miramos a los ojos. Ninguno dijo nada, toda palabra estaba de más.

    'Si querés llevá una, probala, sino te sirve la cambiás, no hay problema'. 'Voy a hacer eso entonces, gracias'. Le pedí que me diera dos de las fichas, luego dos extensiones de un metro de cable coaxil; pero ya estaba desencantado.

    Mi tiempo se terminaba, pagué ($1,50 ambas fichas, $3,50 el splitter, $2 los dos cables) y me fuí. 'Chau', me dijo ella al salir. 'Chau', dije yo, fríamente.

    Volví a mi casa, y pensé. Toda la relación había sido casual; todo se construyó dentro de un marco que preveía las situaciones y las volvía inevitables. Como las relaciones de verano, esta se había dado simplemente porque era su obligación existir. Los juramentos de amor eterno, en ambos casos, llaman eternidad a algo que caduca el 21 de Marzo, o al momento de pagar. Sin embargo, sin ellos, esos mismos períodos de tiempo (dos semanas en la costa, o veinte minutos en la ferretería), no tendrían sentido.

    Me tiré sobre mi cama, y lloré.

    Los experimentos los dejé para otro día.
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    Última edición por Dan Iffig : 31-12-14 el 10:02 PM
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  3. #2
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    Re: La chica de la ferretería

    Me gustó. Bastante conciso.
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    Citar Mensaje original enviado por Axy Ver Mensaje
    Es increíble lo malos que son todos tus posts men.

    Es como tener un talento pero al revés

  4. #3
    Maestro del Puré Avatar de Dan Iffig
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    Re: La chica de la ferretería

    Parte II

    Hay dos cosas que detesto hacer. La primera es tener que irle a comprar alimento balanceado a Laura, mi ex-mascota, ahora formalmente mascota de mi hermanito. La segunda no me la acuerdo, pero seguramente tenga que ver con algo que incluya personas o, a falta de ellas, animales. Es evidente que los seres vivos no me caen simpáticos; los muertos tampoco.

    Sí me resulta simpático rascarme los rincones para luego olerme los dedos. En este momento particular, cuando no hace mucho que no me baño pero tampoco tan poco, huelen a miel. Es divertido que así suceda.

    No es divertido, sin embargo, que sea de esta manera una de esas tardes de verano, cuando nos pica la cabeza y no nos atrevemos a salir afuera por miedo a insolarnos o, peor aún (ya que no se soluciona con un buen antifebril como el ibuprofeno), la piel nos quede rojo fosforescentes y nos arda hasta el Día del Juicio, aburridos de tanto rascarnos nos ponemos una gorra y partimos, temerarios, hacia maravilloso comercio: La Ferretería.

    Sucedió que, luego de que un manual con instrucciones para la composición de napalm líquido cayera a mi poder, no me resistí y, monedas y llavero en el bolsillo (evitando que, dado que soy muy flaquito, se me cayeran los pantalones), fui a La Ferretería, de nuevo. Había ido ya la semana anterior a por unos tornillos con tuerca para lograr la épica hazaña que significa rearmar una pileta de lona con la mitad de sus partes originales y, así, contrarrestarle un poco un verano seco y denso a mis hermanos. No fue, sin lugar a dudas, tan interesante como esta vez.

    Llegué al sitio y cuando me disponía a girar el picaporte y entrar, la puerta se abrió. Salió el Maestro Ferretero, un hombre de unos 40-50 años, al que las canas no le dan vergüenza y, a decir verdad, le sientan respetables y estéticamente bien. Son poquitas, de todos modos.

    Supe, entonces, que no iba a ser atendido por tan venerable figura, as de los convertidores de óxido y salvador de ancianitas con zapatos despegados y llaves perdidas. Y sabiendo esto supuse sería atendido por su hijo, un chico de unos veinte años que poco a poco va dominando las técnicas de su padre, aunque le cuesta. Fortuitamente, no fue así.

    Parada detrás del mostrador repleto de pegamentos universales se veía a una rubiecita, vestida con un pareo clarito y una remera naranja fuerte. Era La Chica de la Ferretería.

    Me sentí un poco intimidado. Ya sabrán, los que me leen, las cosas que he vivido con La Chica de la Ferretería. Y yo, también, lo supe en ese momento. No tenía por qué reprimirme; la Chica de la Ferretería me entendía, sabía lo que quería y sabía, también, cómo tratarme. Así que me acerqué a pedirle las cosas (no tuve que sacar número esta vez, no había nadie siendo atendido ni esperando).

    Antes que nada, debo decir que me quise observarla. Bastaron unos segundos para hacerlo. Se la veía triste; en sus ojos se reflejaban los recuerdos de ese noviecito que, según comentaban en el barrio, le había roto el corazón. La parte inferior de las pestañas demostraban el haber llorado mucho. Así que, con mi mejor humor (¿por qué estaría mal hacer un poco el bien cada tanto?), intenté hacerle pasar un rato simpático.

    - ¡Hola! ¿Cómo estás? Hacía rato que no se te veía por el barrio.- le dije.
    - Hola, buenas tardes. - me contestó - Es que estoy estudiando en el centro y me fui a vivir con mi abuela durante el año, para ahorrar en transporte. ¿Vós cómo andás?
    - Bien, pasado de calor y buscando unas cosas para jugar con mis hermanos.- (verán, el sostener conversaciones largas con mujeres sin acudir a mis fines-excusas pragmáticos me es imposible)
    - Ah, ¿tenés hermanos? No sabía, siempre te veía por el barrio solo.
    - Es que son mucho más chiquitos que yo, los dos.
    - Y, decime, qué andás precisando.
    - Ando buscando un pan de jabón blanco y un poco de nafta, si es que vendés.
    - Jajaja. - se sonrió de una manera muy simpática y dulce. Me gustó. - ¿Qué estás por hacer estallar el barrio?
    - No.... bah, mirá, te soy sincero. Encontramos un manual de Química con mis hermanos y queremos hacer un par de cosas del libro. Nada peligroso, para jugar un rato y que los chicos se entretengan con algo nuevo.
    - Veo... Napalm.

    Me quedé sorprendido. ¡La Chica de la Ferretería sabía sobre Química y sobre el napalm!

    - Wow, parece que estás informada sobre el tema. ¿Vos ya lo hiciste? ¿Es difícil?
    - Lo sé porque estoy estudiando Ingeniería Química y, bueno, esas "recetas" son los típicos comentarios del primer año.
    - ¿Estás en la facultad de acá? ¿Cómo puede ser que nunca nos cruzamos, entonces?
    - Ah, ¿vos también estudiás ingeniería?
    - Sí, podría decirse que sí, que estudio.
    - Mirá qué bueno. Yo todavía estoy con las ciencias básicas, y voy a tener para un rato más. Esperame un segundo, te voy trayendo las cosas.

    Se fue para el fondo y, al ratito, volvió, de nuevo sonriendo.

    - La nafta te la voy a deber. Se llevó lo último el vecino gordo de la casa de rejas amarillas, ¿lo ubicás? No voy a dejarte aburrido con tus hermanitos, igual. Tomá, te las regalo.

    ¿Qué me estaba dando La Chica de la Ferretería? ¡Dos barritas de magnesio!

    - Tené cuidado con los ojos. - agregó. - No van a hacer nada peligroso, sólo un flash muy fuerte, seguro que a tus hermanitos les va a gustar.
    - Pero, por favor, decime cuánto te debo por el jabón y esto.
    - Por el jabón son $1,20. Las barritas llevátelas, son un regalo.
    - Gracias.

    No sé cómo pronuncié ese último 'gracias'. Estaba completamente embobado. La Chica de la Ferretería no sólo era bonita, sino que ahora era simpática y amistosa conmigo. Me sentía muy bien.

    Sin embargo, torpe como soy, agarré las cosas, pagué y concluí.

    - Gracias, de verdad.
    - No te hagas problema, no es nada. ¿Por cierto, cómo te llamás?
    - Lucio.
    - Bueno, Lucio, un gusto verte nuevamente. Jaja, cualquier día podés avisarme y te puedo mostrar algunas "recetas" interesantes para jugar con tus hermanos.
    - Vale, arreglamos luego.

    Me sentía en el cielo. La Chica de la Ferretería sonreía, y me sonreía a mí. Se la veía muy linda, sinceramente. Pero me tenía que ir así que, cosas en la mano izquierda y vuelto en la derecha, me despedí. Abrí la puerta y, con una última sonrisa, la crucé. Me di cuenta, al instante, de mi error. Quise volver para enmendarlo y, sin mirar previamente, pregunté.

    - ¿Cómo te llamás?

    Nadie me contestó. La Chica de la Ferretería se había vuelto para adentro y yo, me volví a mi casa, no para hacer experimentos divertidos con mis hermanos, sino para tirarme en la cama, aplastarme, y seguir soñando con esa chica bonita que brilla entre adhesivo de contacto y destornilladores.
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  5. #4
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    Re: La chica de la ferretería

    Te sale bueno esto de escribir, muy entretenido (Y)
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  6. #5
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    Muy bien escrito y entretenido. Felicitaciones!
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  7. #6
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    Gracias por hacerme pasar unos buenos 10 minutos. Muy agradable tu texto.

    Saludos.
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  8. #7
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    Citar Mensaje original enviado por Gipsy Danger Ver Mensaje
    Esto es la master race, pasar todo un sabado tirando benchmarks para ver quien tiene el pito mas grande en internet

  9. #8
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    Re: La chica de la ferretería

    Parte III

    Uno es consciente, un poco en la realidad y otro poco en el mundo de la especulación cognitiva, de dónde se mete cuando da el visto bueno a un proyecto o, pero aún, a la iniciativa individual de algún fulano que lo conoce. Muchas veces yo no mido esto y, siendo así, me veo atrapado en un sinnúmero de embrollos temporales en los cuales media hora significa un recreo eterno y cinco minutos pueden desenlazar un fracaso rotundo y lapidante.

    Los hechos que voy a narrar comienzan con su protagonista -quien les escribe- visto en apuros por adeudar la impresión de cientos de panfletos para promocionar las masitas y confituras elaboradas por una vecina del barrio. La vieja acostumbraba ser amable para las ventas pero endemoniada y exigente para las compras. Por un comentario u otro llegó a sus oidos que las impresiones me cuestan prácticamente nada, acudiendo de inmediato a solicitar "mis servicios": demás está decir que no presto ni me interesa prestar los mismos.

    Jueves por la tarde, un frío que astilla los huesos plasmado en la lluvia fina que no se ve pero empapa. Con la campera roja impermeable, el bolso y abrigado hasta taparme los ojos espero el micro que me alcance hasta el centro, donde debía retirar un par de botellas de tinta indispensable para finalizar el trabajo encomendado. Los conductores, despiadados y alienados de la realidad del peatón, pasaban a toda velocidad, por lo que mi espera transcurrió rápidamente mientras esquivaba los tsunamis de barro y mugre que despedían. En minutos, no fueron más de diez.

    Me subí y pedí el máximo. Los vidrios empañados del colectivo lo transformaban en un paralelepípedo virtualmente hermético ante cualquier acontecimiento del mundo exterior. Sobre la fila individual viajaban un viejo absorto en vaya uno a saber qué, con botas de lluvia amarillas, abrigo marrón y bufanda verde, una chica morocha que pisaba los treinta y una suerte de obrero fabril -al fondo- o, quizá, de la empresa de cable, con su traje entero violeta pálido. En los asientos dobles se disponía una señora gorda y malhumorada con una nena de unos cuatro o cinco años, con flequillo y la cara sucia. Y en los anteúltimos asientos, perdida en sus dibujitos sobre el vidrio húmedo, estaba ella. La chica de la ferretería.

    Sentí, de pronto, ese leve golpe en el pecho que da inicio a la precipitación de un lapso de ternura y sonsera, cuando el tiempo se detiene y únicamente existe uno y aquello que nos inspira. Afortunadamente ella siguió con sus cosas, lo que evitó que reconociera el júbilo en mi expresión por cruzármela en el micro.

    Ir de la manera más amistosa, saludarla y charla me pareció muy fuera de mí. La hipocresía no me interesa para todo aquello que realmente me importa. Caminé hasta el cuarto asiento de la fila doble y me senté del lado de la ventana. A las pocas cuadras ya estaba inmerso de lleno en el gris de la ventana.

    Al faltar una cuadra para mi bajada, me paré y me encaminé ilusionado hacia el fondo, esperando algún gesto, saludo, o señal de que existo. Ella ya no estaba. Sobre el vidrio estaban dibujados corazones, lunas y estrellitas. Y debajo, un nombre.

    ¡Sabía su nombre!

    Hipnotizado e incrédulo contemplé las letras transparentes y aguachentas contrastadas en el vidrio. Me pasé una parada, y hubiera seguido así hasta el final del recorrido del micro si no fuera por el viejo de abrigo marrón, que me arrancó de mi contemplación con un exigente: "Flaco, ¿bajás acá?".

    La tarde seguía tan gris, fría y húmeda como cuando salí de mi casa, y amenazaba ponerse peor. Apuré los trámites y con paso acelerado e inflexible concluí mis diligencias. Cuatro botellas de tinta, sesenta pesos menos en mi bolsillo y un fibrón endeleble, de yapa, porque le caigo bien a la tipa que atiende en la casa de insumos. Metí todo en el bolso y salí corriendo hacia la parada del micro que me llevaría de vuelta a casa.

    Cuando salí del local, se largó el chaparrón. Resguardado debajo del toldo de un café de la cuadra me cerré la campera y aseguré las cosas del bolso, para que no se mojaran. Una vez listo, me aventuré dentro de la tormenta nuevamente. Intenté correr las dos cuadras y media que me separaban del refugio, pero la intolerancia de los automovilistas hacia el peatón me obligaron a pasar cinco minutos esperando cruzar una calle, lo que desembocó en empaparme totalmente y, más tarde, en engriparme.

    La parada del colectivo estaba desierta. La calle, en general, también. Los colectivos pasaban prácticamente vacíos, y se veían pocos. De pronto, alguien se sumó a mi espera. Una cabellera rubia, atada con una colita, brotaba desde una campera rosada. Se acercó y me habló.

    - ¿Hace mucho que pasó el...? ¿Lucio? - me dijo.

    - Sí. Hola. - atiné a responder.

    - ¿Cómo estás? ¡Empapado, ya veo! Jaja, parecés un bombero.

    - Me estoy muriendo de frío. - (siempre tan elocuente yo...)

    - Bueno. Ya está por venir el micro, supongo. Me vine caminando desde la parada anterior porque me aburrí de esperar.


    Y, efectivamente, así fue. El micro apareció y nos subimos. No viajaba nadie. La chica de la ferretería sacó su boleto y se sentó en el segundo asiento de la fila doble, al lado de la ventana. "Vení, sentate acá" invitó. Me sentía el muchacho más feliz del planeta. Sin pensarlo dos veces, me senté.

    - ¿Qué viniste a hacer al centro? - me preguntó.

    - A comprar unas tintas. La vecina que vende masitas me encajó un trabajo de impresión. Se lo tengo que entregar mañana y me vine a quedar sin tinta justo ahora.

    - Ah... esa vieja. Es insoportable. ¿Así que imprimís cosas? Después te voy a pedir si me hacés unos libros para la facu que me bajé el otro día...

    - Bueno, pasámelos cuando quieras.

    - Jajaja. Te estaba cargando. Es evidente que lo de la vieja no te cae para nada simpático. No te voy a pedir algo así. Además, tengo mi propio sistema para imprimir...

    - ¿Ah, sí? ¿Cómo hacés? Yo cargo los cartuchos con unas jeringas chiquitas. Me conseguí una impresora vieja ideal para experimentar con esto y me salió bien, parece.

    - Yo me armé un sistema continuo de tinta...

    Aquí debo hacer una pausa, en referencia a lo que sucedió. Sinceramente, no lo podía creer. ¡La chica de la ferretería se había armado un sistema de tintas! Era sencillamente algo fuera de este mundo.

    - ... con unas cosas viejas que tenía. Por ahora sólo pude hacer funcionar el color negro, pero eso me alcanza y sobra para lo que necesito. Igual, estoy armando los otros colores.

    - ¡Wow! Siempre quise hacer algo así, pero se me complicaba para conseguir las cosas...

    - Venite a casa un día con tu impresora y probamos armar algo.

    "Dale, estaría muy buenochhssttttt" llegué a decir. El frío estaba haciendo estragos en mi cuerpo, y las primeras señales de la gripe comenzaban a manifestarse. Me llené de moco y disimularlo fue inútil.

    - Perdoná, me mojé realmente mucho y creo que me enfermé. - me disculpé.

    - Yo creo que también. No pensé que se iba a largar así.

    La chica de la ferretería abrió su mochila y sacó un paquete.

    - Tomá la mitad. Con esto se nos va a pasar un poco el frío, supongo. - y me acercó un pedazo grandote de chocolate relleno con galletita.

    - ¡Gracias!

    Pasamos el resto del viaje comiendo chocolate de a trocitos y charlando. De la lluvia, del frío, de los números, las galletitas y la crueldad material del mundo. E ignorando la presencia del conductor, ahí, enajenado de todas las perversiones que el afuera deparaba, arrojado por el tiempo y el espacio que se agotaban hacia un precipicio de desdicha y congoja, me sentí muy contento. La chica de la ferretería, yo, el hermetismo del transporte público. Era perfecto.

    Todo terminó dos paradas antes del final de mi viaje, cuando ella se bajó. Caminé hacia mi casa, sedado por el recuerdo de lo que acababa de ocurrir, sin importarme la lluvia, la enfermedad, el barro en mis zapatillas... nada. Me saqué la ropa mojada y me escondí debajo de mi frazada, durmiéndome rápidamente con la esperanza de volver al tiempo de ese viaje mágico en micro que el tino y la buenaventura me habían regalado.
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  10. #9
    Avatar de Karlmeister
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    Re: La chica de la ferretería

    Muy bueno!!
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  11. #10
    Avatar de Juanz_Walker
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    Re: La chica de la ferretería

    Conociéndote Dan, cuanto falta para que la secuestres?
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    Citar Mensaje original enviado por cHaMaMeRoCk Ver Mensaje
    Una sociedad entre Santi y Deso se imaginan :D
    Citar Mensaje original enviado por -Desolator- Ver Mensaje
    Imposible pq habria que pagar algún impuesto para formar una sociedad, y santi es alérgico a eso :D
    Citar Mensaje original enviado por danpstwo70011 Ver Mensaje
    Lee la palabra impuesto y se le empiezan a cansar lobrazo.

  12. #11
    Birgem de Outlands Avatar de NAH@!
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    Re: La chica de la ferretería

    Me gustó dan.
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    Naha...

    Spoiler!  
    REMESA PELOTUDO :D!

  13. #12
    Avatar de okusai3000
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    Hola, sí, continualo que está buenísimo.
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  14. #13
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    Re: La chica de la ferretería

    A la espera de las proximas partes.
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  15. #14
    Avatar de Kristensen
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    Re: La chica de la ferretería

    Me lei todo. Me gusto mucho, veo que tenemos estilos similares. Como escritor amateur tambien, entiendo que el escribir no es mecanico, sino mas bien dependiente de estados de capricho. Seguila tranquilo si queres y cuando tengas tiempo. Paciencia = calidad.
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    Citar Mensaje original enviado por Kristensen Ver Mensaje
    A ver quien me puede ayudar con mi problema con el Call of Duty: Black Ops!!

  16. #15
    Maestro del Puré Avatar de Dan Iffig
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    Re: La chica de la ferretería

    Parte IV

    Ser engañados es sencillo, al menos, para la mayoría de las personas. Pero es inevitable casi para todos evadir las triquiñelas de nuestra mente. Nuestros deseos, nuestras ambiciones y, sumado a todo eso, nuestra imaginación.

    Yo no soy la excepción a ello, y menos lo era en ese entonces: en los tiempos de la chica de la ferretería. Son recuerdos, ahora, que no escapan a deshacerse con el tiempo y desparramarse, grises y mutantes, sobre el barro de nuestro camino. Como las cenizas del asado que hicimos el domingo pasado, un miércoles.

    Enfermo como el campeón de todas las pestes me encontraba, tirado en la cama y perdido en el tiempo y los días, viviendo a base de galletitas de agua, té con miel y arroz con queso. Lamentablemente no tengo a quien me asista en tiempo de enfermedad -menos un domingo- por lo que debía hacer todo yo.

    La mañana del cuarto día de mi Gran Enfermedad -resultó ser algo más que una gripe, seguramente por tener las defensas bajas- me quedé sin analgésicos. El dolor de cabeza comenzó a hacerse insoportable para el mediodía; a media tarde creía que iba a morir. El clima, además, no ayudaba: el cielo se veía pesado y a punto de estallar. El frío molía los huesos desde adentro.

    Temerario ante la necesidad, me vestí con prácticamente todo mi guardarropa y salí en búsqueda del elixir que espantara los malos espíritus de mi afligida mente. Por suerte la farmacia queda en la esquina y estaba de turno. En menos de cinco minutos tenía bajo mi poder las medicinas.

    Al salir del dispensario vi venir, como una burbuja rosa chicle sobre unos joggings gris claro y zapatillas blancas, una chica. Era ella. La chica de la ferretería. Quería verla, quería hablarle, quería confirmar que existía, que era real, que me conocía y que vivía cerca de mi casa. Lo primero que se me ocurrió fue salir y cruzarla camino al quiosco de la vuelta, pero instantáneamente caí en la cuenta que eso significaría un saludo como máximo. Necesitaba más. Se me ocurrió volver a la farmacia simulando haber olvidado algo. Así lo hice; los caramelos de propóleo y aloe vera fueron la excusa perfecta para estar treinta segundos más adentro de la botica y encontrar a la chica de la ferretería.

    - ¡Lucio! - me saludó con voz gangosa pero contenta.

    - Hola, ¿cómo estás?.

    - Ya me ves, completamente apestada. Encima muero de dolor de garganta, vine a buscar alguna de esas pastillas anestesiantes. Por lo menos me calman un poco.

    - La lluvia nos sentó mal, parece. A mí se me parte la cabeza. Pero bueno, estoy aprovisionado para un buen rato.

    - Parecés listo para la guerra.

    En ese lapso, intercalado con nuestra conversación, la chica de la ferretería ya había adquirido sus brebajes para la gargante y pagado. Le abrí para que salga primero (¡qué atento! ¡ja!) y, seguidamente, me retiré cerrando la puerta excesivamente despacio, arañando cada segundo que la casualidad me había regalado con ella.

    - ¿Querés venir a tomar una chocolatada caliente a casa? - me invitó.

    Yo lo sentía todo irreal. Pero mi reacción y mi respuesta fueron automáticas.

    - Bueno, dale.

    Y ahí me veía, caminando junto con ella la media cuadra que seperaba la farmacia de su casa, bajo el manto gris oscuro del cielo que casi no se distinguía del asfalto. Al cruzar la puerta de la ferretería y dirigirme más allá del mostrador, donde impera el Maestro Ferretero, supe que nada iba a volver a ser como antes.

    La casa era completamente gris, en todas sus tonalidades, como si se tratara de un gran galpón industrial recortado y repartido en habitaciones. Por todos lados se observaban arreglos, refacciones y agregados a las instalaciones. Todo el sitio parecía un gran sistema donde se primaba la funcionalidad y no la estética. Me gustaba eso.

    Al pasar por un pasillo pequeño pude apreciar la primer ventana del lugar, permitiéndome asomar a un patiecito interno, largo y angosto, con baldosas púrpuras rasgadas en blanco, bastante viejas y gastadas. Un piletón gigante de azulejos amarillos y negros pendía de la medianera y, sobre ella, varias macetas que arrojaban su verde sobre la pared en forma de hojitas similares a granos de arroz.

    - Ahora venimos para el patio, si querés. - me dijo la chica de la ferretería. Mi curiosidad por cada rincón de su hogar habría de ser demasiado evidente.

    - Bueno. Me gustan los patios. - atiné a responder.

    Más allá del pasillo tenía lugar una pequeña habitación cuya función no me atrevo a describir. Estaba invadida por objetos milenarios, envejecidos y apilados hasta alcanzar el cielo razo. En el medio, intocable, parecía flotar una lámpara de vidrio con una punta de bronce similar a las de los paraguas antiguos.

    Pasamos esa habitación y llegamos a la cocina. Había una mesa redonda con dos sillas y una rectangular, mucho más grande, con seis. Todo trabajado en madera de algarrobo. Al final de la mesada que se distribuia sobre la pared a mi derecha, pasando una heladera redondeada y pequeña, había una ventana y una puerta que, por el color predominante tras el mosquitero, parecían ser el portal a un jardín de dimensiones selváticas.

    - Sentate donde te sientas más cómodo, yo preparo todo. - me dijo la chica de la ferretería.

    Me senté en una de las sillas que daban hacia la mesada, pensando que ella iba a preparar las cosas ahí y no sentirme tan solo e incómodo. Ella se hizo con un tarro grande y plateado y dos tazas: una verde y una violeta. Puso una cucharada de chocolate en cada taza y corrió hacia las alacenas sobre la cocina para dejarlo y volver con un pote de cerámica lleno de azúcar. Una cucharada para cada uno, también. Luego corrió hacia la heladera y sacó la leche. Dentro de un jarrito la puso a calentar.

    - ¿Querés comer algunas galletitas? Tengo estas de chocolate, del horóscopo. ¿Te gustan? Sino podemos ir a buscar otras. - me preguntó.

    - Esas están geniales para la chocolatada. - le dije.

    - Tomá, agarrate algunas ahora. - me dijo pasándome un táper grandote, previo abrirlo.

    Dentro había un paquete lleno de galletitas. Me agarré algunas y le convidé.

    - ¿De qué signos tenés? Yo tengo una de Escorpio, una de Acuario y otra de Tauro. - dijo.

    - A mí me tocaron de Leo y de Aries.

    - Bueno, en lo que a mí respecta, no nos tocó a ninguno de los dos mi signo. ¿Y el tuyo? -

    - Tampoco. -

    - Esto ya debe estar. - dijo quitando el jarrito del fuego con un guante para horno. - Si la querés más caliente, decime y la pongo al fuego un poquito más.

    Volvió con la leche a la mesa y la sirvió en las tazas.

    - Revolvela, que te va a quedar todo el chocolate en el fondo. - dijo mientras se sentaba a mi lado.

    Nos quedamos perdidos entra la chocolatada, las galletitas y la situación. Ninguno dijo nada. Yo estaba en un mundo de ensueño, sentado junto a la chica de la ferretería y mirándola de reojo cada tanto, haciendo que espiaba los rincones de la casa, para encontrarme con el alboroto de su pelo rubio o lo dulce de sus ojos claritos. No me atrevía a decir nada, temiendo crear situaciones incómodas y sin vuelta atrás.

    Ella no parecía mucho más distendida. De pronto se largó a llover torrencialmente, como si el clima nos quisiera despertar del letargo con sus truenos e invitarnos a hacer algo.

    - ¿Querés ir a ver el patio?.

    - Está lloviendo.

    - Lo podemos ver igual. Dale, vení.

    Agarró su taza y se volvió hacia el pasillo. La seguí, galletitas en mano. Llegamos a la ventana y ahí nos quedamos, con la lluvia furiosa estallando sobre las baldosas, viéndonos a los ojos através del reflejo del vidrio.
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