-¿Trapecio fijo o trapecio de vuelo? - dijo ese atisbo de voz empalagosa, embrutecida y opaca por el humo del cigarro, lamentablemente conocida,- ¿qué querés hacer en la función de hoy?
Yo estaba de espaldas a la puerta; cosía unos canutillos al traje verde.
-Lo que usted decida - respondí seca, pensando “lo que te deje menos dinero esta noche, viejo nauseabundo, puerco inhumano”.
Ese viejo-escoria de Chrysalis tenía la maña de entrar en mi vagoneta sin golpear, como si yo fuese todavía una chiquilla de nueve años, juguetona, que todavía alimentaba con pétalos de flores y hojas de plantas a las muñecas de trapo. Le gustaba irrumpir en los espacios ajenos; así demarcaba su zona minada de poder. Yo no lo toleraba. Y no me escapaba de la vida del circo porque, con sus bemoles, era lo único que tenía. ¿A dónde iría? ¿Qué camino nuevo podría descubrir? Mejor un viejo horrendo sendero conocido que uno nuevo dudoso por conocer.
-¿Por qué me miras con esa cara? ¿Querés más dinero? Ah, sí… un aumento pequeño de sueldo.
Irritante. A veces sentía que esconder mi mueca de asco ante sus mohosas palabras resultaba insostenible, que era casi una hazaña épica. En el fondo, el viejo Chrysalis sabía que su presencia era inaguantable para todos los que vivíamos en el circo que él regenteaba, pero se regocijaba de ello; era como esos padres siniestros o esos reyes que adoran ser el germen de pánico de sus súbditos o que se enaltecen de producir nauseas.
-Podrías tener todo lo que quisieras. Incluso lo que tu imaginación jamás llegará a alcanzar. Yo podría convertirte en reina; sin embargo, prefieres seguir siendo mendiga. Ese es tu problema… o, mejor dicho, tu peor elección. Comerás siempre de las sobras, lamiendo las migajas de la tierra.
Estalló en una carcajada aguda. A veces no me parecía humano, sino una de esas criaturas hechiceras y enanas de los bosques, que traen algo peor que la mala fortuna: la muerte misma.
Esa noche decidí volar y tentar al destino de estrellarme contra el piso terroso de la carpa del circo en el trapecio de vuelo. Pedí que esta vez lo adornaran con rosas, porque siempre me había parecido triste una tumba sin flores.
-Si yo tuviera tus ojos verdes y enormes, jamás pensaría en caerme del trapecio. Volaría, sí. Brillaría hasta consumirme junto al sol - dijo la gorda Herta, suspirando romanticona, cuando le expliqué el porqué de las flores en las barras. Estaba convencida de que colocarlas ahí había sido una completa insensatez.
Los preparativos para las funciones nocturnas eran una fiesta de nervios, risotadas, estruendos, silbatos y rugidos de animales. Hacía un tiempo que el viejo Chrysalis había incorporado el lanzamiento de algún que otro cohete o fuego de artificio de poca monta -lo único que le importaba era hacer bulla; no le interesaba si los colores iluminaban o no el cielo de forma monumental-; el ruido de las bombas conseguía reunir a madres y a comadronas curiosas, que arrastraban a sus chiquillos mocosos que miraban con los ojos redondos al payaso que les ofrecía algodones de azúcar celestes; a los hombres que trabajaban en la calle lustrando botas, vendiendo diarios, pan o galletas; a las prostitutas, a los borrachos, poetas, actores, músicos y a los huérfanos; a cualquiera que pasara por el frente de la carpa y de sus luces de colores que, a pesar de que todavía iluminaba la tarde la luz del sol poniente, nunca se apagaban.
Adentro, las jaulas estaban alborotadas y los mejicanos indocumentados jugaban a los dados mientras el resto de los artistas se maquillaban o estiraban sus músculos; algunos bebían vodka, seducían a sus compañeras de acto o, simplemente, ensayaban sus trucos. Odette, la anciana esquelética francesa que entrenaba a los pequeños y revoltosos perros caniches blancos y negros para que caminaran en dos patas, sosteniendo pelotas hechas de retales de trapos, siempre borracha, cantaba alguna de las canciones que había aprendido en su tierra de niña; tenía una voz maravillosa, aunque estaba añejada por el humo del cigarro y la ginebra. La copla que más recuerdo era una melodía un poco absurda, que recitaba en francés la patética historia de un payaso:
Mi amigo el clown, un payaso bien ridículo, cuyo nombre se escribe siempre en letras mayúsculas, ya no es divertido para el Emperador… claro, porque mi amigo el clown es más triste que un sombrero viejo agujereado. Bebe las enormes risas de los cortesanos y se traga con lágrimas sus “¡Bravos!”. Entonces, la corte canta con las copas de vino en alto: “Por su nariz que se enciende… ¡Bravo! Por sus cabellos viejos que se despluman… ¡Bravo! Porque el clown cruje cuando se sienta… ¡Bravo! Porque muerde y devora hasta sangrar los platos de porcelana sentado sobre una fuente de agua… ¡Bravo! Por sus lentejuelas roídas… ¡Bravo! Miren, miren cómo se retuerce borracho sobre un tonel y el vino se confunde con su sangre roja… ¡Bravo!”. La muchedumbre con sus grandes manos se aferra y tira de sus orejas, y, mientras él roba sus penas, ellos vacían sus botellas de champagne. Con las burbujas en los ojos, el corazón de nuestro clown se desatornilla y se deshace, pero no puede entristecerlos porque en ese Imperio, los nobles aplauden y dan vítores a la vida perdida y muerta. Entonces, la corte ebria, empuñando las copas, grita desencajada: “Por la mujer infiel… ¡Bravo! Por la mujer roñosa que frega los platos grasosos… ¡Bravo! Por la vida de perlas y de reproche de tu mujer prostituta, querido clown… ¡Bravo! Tu vida mediocre te da una bofetada por la espalda cuando tus hijos te sacan el dinero de los bolsillos… y tu… ¡te haces el idiota!”. Ahora el circo está desierto y la risa resulta inútil, porque mi payaso está enfermo, encerrado en un asilo para ancianos. Loco, con sus manos en el aire, empuñando una copa, canta su canción: “Yo soy rey y reino… ¡Bravo! Y tengo una carcajada que sangra… ¡Bravo! Vengan, ustedes, los nobles malditos de la corte, vengan que aquí todos me aclaman, porque he hecho mi número… ¡Bravo, bravo! ¡Oh! ¡Sí! Mi más glorioso número, en el que he lanzado a mi mujer desde lo alto de la carpa del circo… ¡Bravo, bravo, bravo, bravo!”.
Bravo, bravo. Como ese decadente clown de la canción Odette, todos en el circo nos tragábamos los mismos bravos. Muchos respiraban la misma decadencia, el mismo humor negro de la angustia. Algunos terminarían sus días locos, encerrados en algún hospicio o limpiando a los animales del circo, o suicidándose con la esperanza de reencarnar en una vida menos nefasta.
MeNTa PePeRiNa