Rogelio
Pongo las manos en el teclado esta vez para contar una experiencia que me dejo pensando y que espero se repita en otro momento.
Estaba volviendo para mi casa y en el andén veo a un hombre tan mal vestido como yo parado y recostado en un caño. Me quedaban pocos cigarrillos, entonces le pedí uno y espere casi 10 minutos a que pasara el tren. De repente me di vuelta y lo encontré sentado convidándome otro de manera muy amigable, acepte y me senté a su lado, la temperatura helada de un grado bajo cero convertía a cualquier charla en un calido abrigo, fue el primer tema de conversación.
Le comento de mis años en el sur y cruzando palabras recuerda que en su país, Uruguay, no se sufre tanto el frío y que vino a Argentina para progresar hace ya un año, me costo unos minutos entenderle que era cartonero, no tenia familia en el país y sus hermanos que vivían en Perú y Estados Unidos lo habían olvidado, habla cuando puede con su madre a quien mas quiere y respeta luego de la virgen en su vida. Ahí fue cuando todo se dio vuelta, me veía como una basura por lo que había hecho. Seguimos hablando y como el tren no pasaba cruzamos el andén para ver si teníamos suerte. Discutimos sobre el mate que únicamente tomo dulce, uruguayo se resigna y dice que hay veces que no queda otra, pero lo prefiere amargo, se queja de la yerba argentina que a su paladar es intomable, me sorprendió.
El reloj corría y para los dos era importante subirnos a algún destruido vagón esa noche, pero a diferencia de mi nuevo amigo yo tenia otras alternativas, podía volverme en colectivo, él no tenía otro lugar para dormir.
Cuando cruzamos aproveche para comprar un atado chico que me permitiera convidarlo sin develar mi oscuro secreto, tenia cuatro cigarrillos y un encendedor en el bolsillo de mi campera. Tuve suerte de que aceptara mis tres invitaciones consecutivas, solidario a mas no poder él entendió que yo no traía fuego y me regalo a pesar de mi agradecimiento un encendedor rojo, se disculpo mostrándome que tenia poco gas. Pero todo seguía dado vuelta adentro mío, no podía creer lo que me estaba pasando.
Era muy tarde, hacia mucho frío y el tren no pasaba, seguimos hablando y le cuento algunas cosas sobre mi, me entero ahí que trabajaba en una obra a pocas cuadras de mi casa, fue un alivio para mi saber que tan buena persona tenia trabajo y podía comunicarse gracias a un celular con su madre, dice que habla cada 10 días.
Recién ahí tuve el agrado de conocer a Rogelio, le deje mi teléfono y prometimos volver a vernos por la calle algún día. Después de una hora de espera el tren se digno a parar en la estación, nos subimos y cada uno siguió su camino.
Cuando me despedí dije le lo que sentía, que gusto es encontrar gente así, por mi parte voy a reflexionar algunas cosas y espero que mi experiencia sirva de ejemplo para muchas otras y para las personas a las que pueda mencionársela, aunque se interiormente que mi historia a pocos les interesa.
Federico Ferreiro
fedeunder@hotmail.com