They say the devils water it ain’t so sweet
You don’t have to drink right now
But you can dip your feet
Every once in a little while

THE KILLERS, When you were young

Al contrario que mis otros poemas
este no se escribe en ninguna noche especial;
hoy traigo una carga
que no ha de amontonarse
con otras derrotas.

Estoy colocado y sé
que en sus manos ni siquiera
la ceniza (perdido para siempre
el cobijo de hierba) de las mías,
ni en toda ella algo
de lo que significaba
estar vivo.

El tiempo, desnudo y sin otras armas
que su mismo nombre,
ennegrece ojeras y dilata débil
la carne del rostro que amé.

Tirita, Cristina, tu fantasma
en mi cuarto como el de Isabel
en el de Gil de Biedma.
Te debo, por haberme quedado inmóvil
al verte desnuda
(vestías con algo que se quebraba)
y –a pesar de que a mí me bastabas en fragmentos-
entera,
un trozo de la vida que te falta.
No muera todo esto sin ser bautizado:
tu belleza, la noche en que mi cuerpo la alcanzó
y una pérdida que no supo
medir el tiempo para evitarse,
y acabó hablando palabras no-natas
a ojos ciegos.
Es decir, sobreviva al frío
de la mañana la voz de la muerte.

¿Acaso borra esta promesa
el no haber sabido obrar?
No creas, sin embargo,
que no intenté otras cosas:
quise, incluso y durante algún tiempo,
ser algo más entre la cerveza y los otros.
Hoy por hoy, en este nuevo invierno,
comparto tu gusto por el verano
y el odio a la ciudad.
Símbolo de cansancio y abandono: pronuncio
tu nombre ante otras personas
y dejo caer nuestra historia
tan transparente como el pudor
me lo permite. Luego guardo silencio,
me rulan una botella o una breva y
entre los suelos cárdenos y las luces
de policía brilla, sin decir nada y dentro de mí,
lo que me pide que todavía existas.