Aca les dejo un extracto de un texto de Jean François-Revel. El link del libro lo dejo mas adelante, pero me parece que esta bueno para el momento del foro en donde vuelan titulos y referencias a la autoridad a la hora de sostener un argumento. Es del libro "El conocimiento inútil" y son los ultimos 3 capitulos. Asi que spoiler alert.
"[...]Así, setenta y cinco premios Nobel se han reunido en París, por invitación del presidente de la República Francesa, del 8 al 21 de enero de 1988, para reflexionar sobre las «amenazas y promesas en el amanecer del siglo XXI». Han hecho públicos los frutos de sus trabajos bajo forma de dieciséis conclusiones, solemnemente divulgadas el 22 de enero. El comentario más indulgente que se puede hacer de esta conferencia es que si se hubiera reunido a setenta y cinco porteras, o a setenta y cinco peluqueros, o a setenta y cinco camareros de café, el resultado probablemente habría sido más original.
Tengo en la más alta estima las tres profesiones que acabo de enumerar, y ése es el motivo por el cual digo que el resultado habría sido, con ellas, más original, porque ningún miembro de esos simpáticos oficios habría aceptado firmar el tejido de banalidades y de errores que nos han infligido los Nobel. Este contratiempo cultural nos recuerda una verdad de la que la historia nos ofrece numerosos ejemplos, a saber, que la fuerza intelectual, el mismo genio, no son automáticamente transferibles fuera de su esfera de competencia.
Ya comprendo que la conferencia de París constituía ante todo una operación de propaganda para François Mitterrand. Y, como contribuyente francés, me siento feliz de haber podido contribuir con mi modesta parte a los gastos de viaje y estancia de esos eminentes personajes, que tanto necesitan distraerse. Preciso también que, entre los invitados de Mitterrand, o más bien de los contribuyentes franceses, anfitriones a su pesar, figuraban muchos premios Nobel de Literatura y de la Paz. Son gentes de talentos y méritos ciertamente admirables, pero cuyas vaticinaciones futurológicas son raramente consideradas por el público como verdades matemáticas, lo que limita el daño. Pero, en fin, había también, en el palacio del Elíseo, un nutrido contingente de científicos galardonados con el Nobel.
Ahora bien, ¿qué leemos en las «Dieciséis conclusiones» de esa augusta asamblea? En primer lugar que «todas las formas de vida deben ser consideradas como un patrimonio esencial de la humanidad» y que debemos, pues, proteger el medio ambiente. ¡Magnífico! Más adelante que «la especie humana es una, cada individuo que la compone tiene los mismos derechos». Ya se había leído esto en algún sitio, hace algunos siglos. Y aún más: «La riqueza de la humanidad está también en su diversidad.» La audacia y la novedad de estos aforismos son positivamente sobrecogedoras. Pero todo esto no es nada comparado con lo que sigue. Hay para echarse a temblar de gratitud, al medir la fuerza cerebral, la creatividad que fueron necesarias para descubrir que «los problemas más importantes a los que se enfrenta hoy la humanidad son, a la vez, universales e interdependientes». Con tales consignas en el bolsillo podemos esperar con confianza «el amanecer del siglo XXI».
Además, en la continuación del documento, los Nobel llevan la intrepidez y la ingeniosidad hasta osar afirmar que «la educación debe convertirse en una prioridad absoluta» y «en particular, en los países en vías de desarrollo»; y también que «la alimentación y la prevención son instrumentos esenciales de una política demográfica». Sepamos también, ¡oh, estupor!, que «la biología molecular permite esperar progresos en la medicina». Nuestros pioneros de la ciencia están llenos de nociones inéditas, por ejemplo, que «la televisión y los medios de comunicación constituyen un medio esencial para la educación». Pero, sagaces y circunspectos, añaden que «la educación debe ayudar a desarrollar el espíritu crítico ante lo que difunden los medios de comunicación». ¡Y pensar que a nadie se le había ocurrido! Nuestros grandes hombres proponen a continuación a las multitudes fascinadas soluciones tan inesperadas como disminuir los gastos de armamentos, para utilizar con otros fines el dinero que absorben o reunir una conferencia internacional para examinar el problema de la deuda del Tercer Mundo. Pero como no nos descubren sus sugerencias prácticas sobre los medios para resolver ese problema, al cual, por otra parte, ya han sido consagradas numerosas conferencias, nos tememos que ese piadoso deseo se quede en el estado de proyecto. Del mismo modo, el desarme es un cliché que dura desde 1919 en todas las salas de redacción y en todas las cancillerías; pero mientras no se nos diga cómo suprimir los obstáculos, políticos, estratégicos, nacionalistas, económicos e ideológicos, que se le oponen, no se habrá dicho nada nuevo ni útil.[...]"
El conocimiento inútil